Tan solo con arcercame ya pude sentir el aroma que desprendía las miles de rosas que tiene este rincón de Buenos Aires. Me senté allí a ver la gente pasar, a mirar todos los colores de cada una de las rosas, pero los caminos anaranjados que van delineando cada parte como un dibujo. Pensé que la mejor forma de mostrarles donde estaba era desde el aire, porque el diseño es único.
Buenos Aires tiene muchos parques pero pocos jardines en el sentido estricto de la palabra — espacios donde la naturaleza no está simplemente preservada sino diseñada, intervenida y moldeada con criterio. El Rosedal de Palermo es uno de esos.
Desde el aire, la imagen del Rosedal es de una geometría que sorprende: los senderos se organizan en trazados concéntricos y radiales que forman una figura casi perfecta, con el lago como espejo al fondo y el verde de los árboles cerrando el perímetro. Es un jardín que fue pensado para ser visto tanto desde adentro como desde arriba — y cumple en las dos perspectivas.

La historia del jardín
El Rosedal fue inaugurado en mayo de 1914, diseñado por el ingeniero agrónomo y paisajista Benito Carrasco. Carrasco era discípulo del paisajista francés Carlos Thays, quien dirigió la parquización general del Parque 3 de Febrero — el gran pulmón verde de Palermo — y bajo cuyas directivas se proyectó este espacio.
El diseño sigue los principios del jardín europeo clásico: ejes de simetría, perspectivas calculadas, senderos que llevan siempre hacia un punto focal. Hay algo deliberadamente formal en la estructura, un orden que contrasta productivamente con la exuberancia orgánica de las rosas en floración. En 1929 se sumó el Patio Andaluz, que agrega una capa de historia al conjunto y vale la pena buscar en el recorrido.
Las rosas: cuándo y cuáles
El Rosedal tiene más de 12.000 ejemplares de rosas de aproximadamente 1.000 variedades. El número impresiona pero la experiencia es más concreta: en primavera (octubre-noviembre), el jardín tiene un nivel de floración que convierte cada sector en una paleta diferente. El olor, cuando el viento está tranquilo y el sol todavía no calentó, es de una intensidad que la ciudad raramente ofrece.
Las variedades más llamativas son las trepadoras que cubren los pérgolas y arcos de hierro en el sector central, rosales que llevan décadas creciendo y tienen una escala que no se ve en ningún jardín privado. Los arcos de entrada al sector principal son, en noviembre, probablemente la mejor foto del jardín.
Hay un sector dedicado a rosas históricas y antiguas, variedades anteriores al siglo XX, con flores más pequeñas y menos perfectas que las híbridas modernas pero con un perfume que las actuales perdieron en el proceso de selección para el tamaño. Vale la pena buscarlo.
El jardín más allá de las rosas
El Rosedal no se agota en las rosas. El lago de la Memoria, al fondo del jardín, patos, cisnes ocasionales, el reflejo de los árboles en el agua quieta. El puente rústico que cruza hacia la isla central es uno de los mejores puntos de observación del jardín completo, desde ahí se ve la geometría de los senderos y la cúpula del Planetario al fondo.
El pérgola de glicinas, en el sector norte, florece ligeramente antes que las rosas (en septiembre) y tiene su propia nube de color morado que muchos no conocen porque van directamente al sector de rosas.
Un detalle concreto: el jardín es más interesante de mañana temprano, antes de las 10, cuando la luz es lateral y hay pocas personas. Los fines de semana de noviembre, a partir del mediodía, el Rosedal se convierte en el destino de sesiones fotográficas de quince años y bodas, pintoresco pero es muy concurrido si buscas pasar un rato de disfrute y relajación.









