Villa Traful: el pueblo que aprendió a domar el bosque y el agua

Hay dos formas de llegar a Villa Traful: tomando la ruta 65 en el Embalse Alicurá, en este punto paisajísticamente imponente de la ruta 237 donde se une el río Traful con el Limay; o por el oeste, tomando la ruta…

Hay dos formas de llegar a Villa Traful: tomando la ruta 65 en el Embalse Alicurá, en este punto paisajísticamente imponente de la ruta 237 donde se une el río Traful con el Limay; o por el oeste, tomando la ruta 65 que nace en lo que se conoce como la ruta de los 7 lagos, tramo de la ruta 40 que une Villa La Angostura con San Martín de los Andes. Este pueblo tiene estas dos entradas de paisajes distintos y únicos de la Patagonia que pocos en Argentina pueden ostentar.

Durante décadas, llegar a Traful era una declaración de intenciones. Implicaba dejar atrás el asfalto y aventurarse en un ripio exigente que funcionaba como un filtro natural. Hoy, el avance del asfalto sobre la Ruta Provincial 65 transformó la logística: los tiempos se acortaron y el acceso se volvió amable para cualquier viajero. Sin embargo, lo milagroso de Traful es que, al perder el aislamiento físico, no perdió su identidad. El pueblo creció en las búsquedas y en el deseo de una nueva generación de viajeros, pero su esencia permanece intacta.

Pero mucho antes de que el Estado argentino trazara las rutas, mapas o pusiera nombres a los asentamientos, la zona del lago Traful era habitada y transitada por comunidades originarias. La misma palabra «Traful» proviene del mapuzungun Traful, que significa «confluencia», haciendo referencia directa a la unión de los ríos Traful y Limay.

Para las familias mapuches y tehuelches, este no era un lugar de aislamiento, sino un punto de paso clave en sus rutas de veranada hacia la cordillera y de intercambio comercial. Este concepto, lejos de tener que ver con las vacaciones o el veraneo, refiere a un ciclo ancestral de supervivencia: el traslado del ganado hacia las pasturas altas de la montaña durante los meses cálidos, cuando la nieve se retira y deja brotar el alimento fresco. Los primeros pobladores criollos e inmigrantes que se asentaron de forma permanente a fines del siglo XIX y principios del XX lo hicieron conviviendo con estas comunidades, dedicándose principalmente a la cría de ganado y a la precaria agricultura de subsistencia en un entorno que en invierno se volvía implacable.

El pueblo se fundó ahí justamente por su ubicación estratégica y su belleza escénica incomparable, convirtiéndose en un enclave fundamental para el control del Parque Nacional Nahuel Huapi. Los primeros pobladores estables de esta nueva etapa fueron guardaparques, familias de peones rurales y pioneros que apostaron por el incipiente turismo de pesca y campamento, sentando las bases de la aldea que hoy, casi un siglo después, sigue defendiendo su derecho a mantener intacto el silencio.

El gran protagonista de esta historia es el lago Traful. De una transparencia que por momentos desconcierta, sus aguas cambian de color según la luz del día, pasando de un azul profundo a unos tonos turquesas más propios del Caribe que del sur argentino. En sus orillas, playas como Bahía Grande y La Puntilla se convirtieron en las favoritas para quienes buscan sentarse a ver caer la tarde con el mate en la mano, o para quienes se animan a recorrer la costa haciendo kayak o Stand Up Paddle cuando el viento da tregua y la superficie se transforma en un espejo perfecto.

Pero si hay algo que define el misterio geológico de este rincón es el Bosque Sumergido. Navegar el lago y asomarse sobre la embarcación para descubrir unos sesenta coihues que quedaron bajo el agua tras el desplazamiento de una ladera es una experiencia visual impactante. Ver los troncos firmes, erguidos bajo el agua cristalina mientras sus copas secas apenas asoman en la superficie, provoca esa mezcla de asombro y pequeñez que solo la naturaleza pura puede generar. Es una postal viva, detenida en el tiempo, ideal para contemplar sin apuro.

Esa misma transparencia del agua que hoy nos invita a la quietud guarda también los ecos de un pasado complejo y duro, de hacha y balsa. A principios del siglo XX, mucho antes de que el asfalto o el turismo masivo estuvieran en los planes de nadie, el lago Traful no era un destino de contemplación: era el motor de una industria maderera implacable que definió los primeros años del asentamiento.

Fotografía de Gustavo Arias
Fotografía de Gustavo Arias

En aquellos tiempos, la densa selva fría de coihues y cipreses no se recorría por senderos de trekking; se recorría con bueyes tirando carros, sogas, hachas y hombres duros. Los primeros pobladores y peones rurales encontraban en la madera la única moneda de cambio y el material fundamental para vivir entonces en una zona aislada de las capitales. Los hacheros se internaban en los cerros, volteaban los gigantescos árboles a pura fuerza de brazo y deslizaban los pesados troncos ladera abajo aprovechando los cañadones naturales hasta llegar a la orilla.

Ahí es donde el lago se convertía en una verdadera autopista de agua. Como los caminos terrestres eran inexistentes o apenas huellas de herradura devoradas por el barro del invierno, la única forma de mover semejante volumen de riqueza era flotando. Los pioneros ataban los rollizos de troncos formando enormes balsas y se aventuraban a cruzar el Lago Traful. Eran embarcaciones precarias que desafiaban el oleaje y los vientos traicioneros que encajona la cordillera. Así transportaban la madera hacia los aserraderos locales o hacia los puntos de conexión que luego abastecerían las construcciones de toda la región.

Mirar el lago hoy, en su inmensa paz turquesa, es también hacer memoria de esos inviernos crudos, del olor a resina fresca y del esfuerzo de aquellos hombres que domaron el bosque y el agua para empezar a escribir la historia de este pueblo.

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