Un pueblo patagónico que se autoabastece con energía solar y eólica, y que nadie apura. Cómo llegar a Villa Meliquina, su historia mapuche, la pesca con mosca y todo lo que se puede hacer: playa, trekking, Cerro Ventana y los pozones del Caleufú.
¿Cómo llegar a Villa Meliquina?
Para llegar a Villa Meliquina hay que tomar la Ruta de los Siete Lagos, Villa Traful desde San Martín de los Andes o Villa La Angostura, girar en el control de gendarmería frente al río Hermoso y meterse trece kilómetros de ripio (que está siendo asfaltado durante 2026) por la Ruta Provincial 63, serpenteando la margen sur de un lago que todavía no se deja ver del todo. Recién al final, cuando el camino corona la cabecera este del lago, aparece el pueblo: un puñado de casas de madera asomando entre cipreses, en un valle chico rodeado de montañas.


Un poquito de historia
Durante buena parte del siglo XX, Meliquina fue apenas un lugar de paso entre San Martín de los Andes y Bariloche, un tramo incómodo que pocos viajeros se animaban a cruzar en invierno.
La zona, sin embargo, está habitada desde hace diez mil años: los sitios arqueológicos hallados en la cuenca del lago y del río Caleufú así lo demuestran. Primero fueron los Poya, de raíz tehuelche, quienes recorrieron este valle. Con el correr de los siglos, comunidades mapuches llegadas desde el otro lado de la cordillera se asentaron en la región y le dieron nombre al lugar: Meliquina, que en mapuzungun significa «cuatro rincones» o «cuatro puntas», en referencia a la forma del lago que hoy lleva ese nombre.
Entre 1860 y 1870, mientras el cacique Sayhueque gobernaba desde su toldería en Caleufu las tribus que los cronistas de la época llamaban «manzaneras», exploradores como Musters, Cox y Moreno atravesaron el valle del río Limay dejando algunos de los primeros registros escritos de esta Patagonia todavía sin mapas oficiales. Faltaban más de cien años para que Meliquina tuviera un nombre en los caminos del Estado argentino.
La villa como la conocemos hoy nació de un loteo: en 1977, la familia Steverlynck subdividió la zona ribereña de su estancia y trazó los primeros caminos internos del valle. Durante dos décadas casi no hubo ventas —el ripio y los inviernos cerrados mantuvieron el secreto— hasta que en 1998 llegó el asfalto a la ruta de los Siete Lagos. Recién ahí se formó el pueblo de verdad, con los primeros pobladores que llegaban escapando del ritmo de Buenos Aires, Córdoba, Rosario o La Plata.
Antes de que existiera un pueblo con calles y comisión de fomento, ya existía la pesca. Sobre la margen sur del lago, bajo la sombra de árboles nativos, todavía pueden verse los primeros clubes de pesca de la región, fundados en la década del treinta. Casi cincuenta años antes del loteo, ya había quienes conocían el valor de estas aguas. Hoy esa vocación se mantiene intacta: el río Meliquina, que nace en el lago y atraviesa todo el pueblo, es un destino buscado por pescadores de mosca de distintas partes del mundo. Entre noviembre y mayo, cuando las eclosiones de insectos cubren la superficie del agua al atardecer, las truchas arcoíris y marrones protagonizan un baile sincronizado que atrae a quienes viajan especialmente por eso.

Meliquina hoy
Lo que distingue a Meliquina de otros pueblos patagónicos es la forma en que decidió habitar el paisaje. Las casas se autoabastecen con energía solar y eólica, por ahora la villa no está conectada a la red eléctrica convencional, y la basura cero es una práctica cotidiana, sostenida por sus propios vecinos más que por una campaña de turismo.
A los pobladores de siempre, familias ligadas al loteo antiguo, al campo y a la pesca, se sumó en los últimos años otro perfil de vecino: nómades digitales que eligieron Meliquina para trabajar a distancia sin resignar el paisaje, otras viajan diariamente a San Martín de los Andes.
Es una comunidad chica, apenas unos cientos de habitantes permanentes que se multiplican en verano, pero que sostiene con convicción una filosofía conservacionista poco común en estos tiepos.
El lago Meliquina, de aguas celestes y playas amplias, es el corazón de todo. En verano en sus costas recibe por igual a vecinos de San Martín de los Andes, como personas del propio pueblo y turistas que llegan a pasar el día. Ahí conviven la pesca, el kitesurf, el windsurf y el kayak, mientras que los senderos invitan al trekking y al mountain bike.



Si vas a pasar día y estás con ganas recorrer, a pocos kilómetros está el lago Filo Hua Hum, o Casa de Piedra, una formación rocosa que alberga una cueva ocupada siglos atrás por los primeros habitantes de la zona. Los pozones del río Caleufú, tallados en la piedra durante siglos, son otro de los rincones más visitados en la temporada cálida. Siguiendo ese mismo camino se llega a Paso Córdoba, que conecta con Confluencia del otro lado, un tramo que se luce en otoño y que el invierno se cierra apenas llegan las primeras nevadas.
Hoy, Meliquina sigue siendo lo que siempre fue debajo de cada capa de historia: un rincón que se hizo pueblo sin apurarse.






