Parque Nacional Perito Moreno: el parque que casi nadie visita

El otro Perito Moreno. Hay dos lugares en la Patagonia que llevan el mismo nombre. El Glaciar Perito Moreno con sud pasarelas, y miles de visitantes por día…

El otro Perito Moreno. Hay dos lugares en la Patagonia que llevan el mismo nombre. El Glaciar Perito Moreno con sud pasarelas, y miles de visitantes por día y un glaciar que se ve desde un mirador a metros del estacionamiento. El otro está a más de 300 km de la ciudad más cercana, sin combustible ni señal de celular en kilómetros a la redonda, y es el parque nacional menos visitado de toda la Patagonia argentina. Los dos se llaman Perito Moreno, y los dos existen por la misma persona.

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Fotografía de Gustavo Arias.

El explorador que le dio nombre a medio país

Francisco Pascasio Moreno recorrió esta región de Santa Cruz a fines del siglo XIX, cuando gran parte del mapa de la Patagonia todavía se estaba dibujando. Lo llamaban «el Perito» por su rol como experto —perito, en el sentido literal de la palabra— en la demarcación de límites entre Argentina y Chile, un trabajo que lo llevó a explorar valles, lagos y montañas que hasta entonces nadie había registrado. En 1903 donó al Estado argentino las tierras que dieron origen al sistema de parques nacionales del país, y ese gesto es la razón por la que hoy Argentina tiene, entre tantos otros, un parque que lleva su nombre cerca del Nahuel Huapi, un glaciar que lleva su nombre en Santa Cruz, y este parque, mucho más al sur y mucho más solo, que también lo lleva.

El parque que casi nadie visita

Perito Moreno fue el cuarto parque nacional creado en Argentina, en 1937, para proteger una franja de estepa, bosque de lenga y montaña en el límite con Chile. A diferencia de su tocayo glaciar, acá no hay hielo a la vista desde ningún mirador accesible: lo que hay es distancia. Los últimos 90 km de acceso son de ripio, no hay estaciones de servicio ni comercios dentro del parque ni en varios kilómetros a la redonda, y el clima cambia de humor sin aviso. Esa combinación —lejos, difícil, impredecible— es exactamente lo que lo mantuvo casi intacto, y también lo que lo convirtió en el parque patagónico con menos visitantes del país.

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Fotografía de Gustavo Arias.
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Fotografía de Gustavo Arias.

El lago que nace del hielo

En el centro del parque está el Lago Belgrano, y tiene un color que sorprende a quien lo ve por primera vez: un blanco lechoso en su sector norte, producto de los ríos que bajan cargados de sedimento glaciar desde las montañas. Cerca, aunque ya fuera de los límites del parque, se alza el Cerro San Lorenzo, con 3.706 metros el segundo pico más alto de la Patagonia después del San Valentín, casi siempre envuelto en nubes propias, como si tuviera su propio clima aparte del resto de la cordillera.

Refugios que existen por un par de donaciones

Recorrer el parque a fondo significa dormir en refugios: diez construcciones simples tipo vivac, repartidas en varios circuitos de trekking de varios días, que permiten avanzar sin volver cada noche al punto de partida. Casi todos existen gracias a la misma lógica que fundó el parque original: la de alguien que decide regalar algo para que otros lo disfruten después.

El empresario y filántropo ambiental Gilbert Butler financió la construcción de los diez refugios, pensados para que cualquier persona sin experiencia de montaña pudiera hacer noche en el parque sin depender de un equipo técnico. Uno de ellos lleva el nombre de Kris y Doug Tompkins, la pareja de conservacionistas que en 1992 compró un campo vecino al parque —El Rincón— con la idea original de sumarlo algún día a Perito Moreno, algo que finalmente concretaron en 2013, cuando donaron esas 15.000 hectáreas al Estado argentino. El refugio que lleva su nombre está al final del sendero del Valle del Río Lácteo, con el Cerro San Lorenzo de fondo.

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Fotografía de Gustavo Arias.
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Fotografía de Gustavo Arias.

Guanacos, cóndores y pumas, sin apuro

La misma soledad que aleja a los turistas es la que sostiene la fauna del parque casi sin interferencia. Guanacos, cóndores, zorros patagónicos y pumas se mueven por la estepa y el bosque de lenga con una tranquilidad que ya es difícil de encontrar en otros rincones de la Patagonia más transitados. Verlos no es una promesa garantizada, pero las chances acá son mejores que en casi cualquier otro parque nacional del país.

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