Antes de ser un paraje de pescadores, esta parte del Valle de Calamuchita fue tierra jesuita. En 1598 el gobernador Pedro de Mercado de Peñaloza se la regaló al general Manuel de Fonseca Contreras; con el tiempo pasó a manos de la Compañía de Jesús, que la integró a la estancia de San Ignacio. Recién en 1768, un año después de la expulsión de los jesuitas del territorio español, Dalmacio Vélez hizo la mensura que dividió esa antigua propiedad en dos: Yacanto de Calamuchita, de este lado de las Sierras Grandes, y Yacanto de Traslasierra, del otro.
El Durazno está ocho kilómetros al sur de Villa Yacanto, sobre el río homónimo, que nace en la ladera este del Cerro Champaquí —el punto más alto de Córdoba, que ya contamos en la nota del Valle de Calamuchita en invierno—. Es agua de vertiente, transparente y fría, y por eso la zona es un destino clásico de pesca con devolución obligatoria: se puede pescar con mosca o señuelo, pero toda trucha vuelve al río. Es una regla que rige en toda la región de montaña de Calamuchita, no una particularidad de este lugar, y explica por qué las aguas siguen tan pobladas después de generaciones de pescadores.
Cómo llegar
Desde Córdoba capital son unos 135 km: se toma la RP 5 hasta Santa Rosa de Calamuchita y luego la RP 228. Antes de llegar a Villa Yacanto, a la izquierda, arranca un camino de tierra de montaña —hay que manejarlo con precaución— que baja por una cuesta corta hasta la orilla del río. Ahí, entre piletones de agua natural y senderos cortos para caminar, está El Durazno.
Es una zona ecológicamente protegida: no se recomienda hacer fuego ni dejar residuos, y hay que prestar atención a las crecidas repentinas del río, sobre todo en días de lluvia o inmediatamente después.









