La Cumbrecita no nació como un capricho nostálgico de inmigrantes alemanes con ganas de recrear los Alpes. Nació como refugio de una familia que huía de la Alemania nazi, y esa diferencia cambia todo el sentido del pueblo.
Una compra casi accidental
En 1932, la empresa Siemens trasladó al ingeniero Helmut Cabjolsky de Berlín a Buenos Aires para dirigir su sucursal argentina. Viajó con su esposa, Hedwig Behrend —de ascendencia judía por parte de su padre—, y sus dos hijos. El plan era volver a Alemania en cinco años. En 1934, casi por casualidad, una inmobiliaria le ofreció un campo de 500 hectáreas en las sierras cordobesas a un precio bajísimo. Cabjolsky mandó primero a inspeccionar a sus cuñados, Enrique y Federico Behrend, que volvieron entusiasmados con un valle salvaje de arroyos y cascadas. El 7 de septiembre de 1934, la familia compró el campo. Todavía no había plan de pueblo: era, apenas, una casa de veraneo.
Le pusieron un nombre alemán, Oberalmdorf —»la aldea alta del pastizal»—, en homenaje al pueblo alpino donde solían pasar el verano en Europa. Los primeros años fueron de carpa, huellas abiertas a pico y pala, y una alianza clave con los puesteros criollos de la zona, que les enseñaron a construir en adobe. La primera casa de material, con seis a ocho habitaciones, se terminó en 1935.
El viaje que cambió el sentido del pueblo
En 1938, Cabjolsky viajó a Alemania y encontró un país transformado: el nazismo avanzaba sobre la vida cotidiana, y el origen judío de su suegro representaba un peligro latente para toda la familia. Volvió a la Argentina y tomó una decisión drástica: renunció a Siemens y renunció a su nacionalidad alemana, para que sus hijos no pudieran ser reclutados por el ejército del Reich. Seguiría su carrera en la Compañía Argentina de Electricidad hasta jubilarse en 1955.
Durante esos años, ayudó a emigrar a varias personas dándoles trabajo en La Cumbrecita —a la que la familia llamaba cariñosamente «la estanzuela»— para que pudieran tramitar visas y escapar de Europa, hasta que sostener esa ayuda se volvió políticamente riesgoso para su propia familia. En 1967 impulsó la construcción de la capilla ecuménica del pueblo, abierta a todos los credos: un gesto explícito, según sus propios descendientes, para que las fracturas ideológicas de la Europa que había dejado atrás no se trasladaran a la comunidad que estaba construyendo en Córdoba.
Su hijo, Helmut Cabjolsky (h), se instaló definitivamente en el pueblo, se formó como ingeniero de manera autodidacta y trazó buena parte del casco histórico: presentó el primer plano ante Catastro entre 1938 y 1940, con las primeras 100 hectáreas del actual centro del pueblo, y construyó varios de los puentes que todavía se cruzan hoy, incluido el que da acceso al casco por el arroyo Intiyaco.

Fotografías: cortesía Turismo La Cumbrecita
El pueblo de hoy
En 1996 el pueblo se convirtió en peatonal: los autos quedan en la playa de estacionamiento de ingreso y todo se recorre a pie, entre casas de techos a dos aguas, balcones con flores y calles de piedra. La Cascada Grande, el Bosque de Abedules, el balneario natural La Olla en el río del Medio y la caminata al Cerro Wank —cuyo nombre, de origen alemán, significa simplemente «colina»— son los recorridos clásicos. La primavera y el verano ofrecen el clima más cálido para las actividades al aire libre; el otoño tiñe el paisaje de dorado y rojo; el invierno es la temporada de la chimenea y las caminatas de nieve liviana.
Cómo llegar
Desde la ciudad de Córdoba, el viaje en auto hasta La Cumbrecita dura unas dos horas y media por una ruta sinuosa pero bien señalizada. También se puede llegar en colectivo hasta Villa General Belgrano y de ahí tomar un transporte local hasta el pueblo.

Fotografía: cortesía Turismo La Cumbrecita
Así que, si estás buscando un destino para desconectar y vivir una experiencia única en contacto con la naturaleza, La Cumbrecita te espera con su encanto europeo y su ambiente tranquilo. ¡Prepara tus botas de trekking y déjate envolver por la magia de este rincón cordobés!








