Formosa: entre paisajes y cultura

Seguimos explorando la Argentina menos conocida, la que no aparece en las postales. Formosa es una provincia pluricultural y multiétnica que conserva su identidad y sus costumbres.

¿Oíste mencionar a Las Lomitas como…

Seguimos explorando la Argentina menos conocida, la que no aparece en las postales. Formosa es una provincia pluricultural y multiétnica que conserva su identidad y sus costumbres.

¿Oíste mencionar a Las Lomitas como la «Capital del Bañado La Estrella»? ¿Sabías que el Bañado La Estrella es el segundo humedal más grande de Argentina, con unas 400.000 hectáreas de lagunas, palmares y champales, y que forma parte del Sistema Provincial de Áreas Naturales Protegidas de Formosa desde 2008, cuando fue declarado AICA —Área de Importancia para la Conservación de las Aves—?

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El Bañado La Estrella, una de las 7 Maravillas Naturales de Argentina

Dicen que siempre hay una primera vez para todo; la magia de la primera impresión que hechiza, cala hondo y deja huella. Si hay algo que no se pierde y perdura es el recuerdo de una gran aventura.

Debo reconocer que antes de iniciar un safari fotográfico, investigo, planifico, me informo y trazo rutas del destino que quiero visitar. ¿Qué tienen en común los lugares que visito por primera vez? Que siempre me aguarda una sorpresa. Eso viví en Formosa.

El Bañado La Estrella es un humedal natural que se forma por los sucesivos desbordes del río Pilcomayo, formando un conjunto de lagunas y esteros. Un ecosistema de excepcional belleza y un edén para los amantes de la naturaleza. La mejor época para navegarlo es de mayo a septiembre. Tiene algo fascinante que hipnotiza y deja absorto a sus visitantes —incluso a sus locales—, porque en este rincón de Formosa cada atardecer nunca es el mismo.

Una de las razones para conocer este lugar son sus «champales»: bosques inundados, con árboles muertos de pie en el agua que muestran sus cicatrices y el paso del tiempo. Otros están vestidos con enredaderas color verde esmeralda, habitados por cigüeñas jabirú, tuyuyús y boas curiyú. Cientos de aves de distintos colores y tamaños rayan el cielo y coronan el escenario con sus cantos y sus coreografías aéreas.

Ovejas y chivos pastan por doquier, numerosos yacarés se exhiben al sol de la siesta, carpinchos con sus crías, corzuelas y más de 300 especies de aves multicolores son los verdaderos protagonistas de un decorado colosal.

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El jabirú, rey del bañado

Aislado en la copa de los árboles más altos se destaca el jabirú. Construye su fortaleza lejos de sus ruidosos vecinos: es el ave voladora más alta de Sudamérica, con hasta un metro y medio de altura y una envergadura de hasta 3 metros al desplegar sus alas. Un ave tan grande y tan extraña que parece salida de otra era. Muchas culturas indígenas lo consideran un ser espiritual, un mensajero entre el mundo humano y el natural.

A pesar de su tamaño, el jabirú es una criatura tímida, de ojos negros profundos, monógama, que permanece con su pareja toda la vida y cría a sus polluelos en privado. Su nombre significa «cuello hinchado», por los sacos de aire que puede inflar a voluntad en esa zona; una franja escarlata en su cuello actúa como indicador de su estado de ánimo —cuanto más carmesí, más irritado está—. No tiene voz ni canto: se comunica a través de golpeteos de su enorme pico, a diferencia de sus vecinos parlanchines. Sus patas largas y estilizadas, su desplazamiento elegante y su pico largo y negro lo convierten en un cazador hábil.

Así es el Bañado La Estrella: ciénagas extensas, un ecosistema anegado, monte tupido, palmeras altas y frondosas, cielo azul profundo y un sol que quema. Al amanecer o al atardecer, un espectáculo de luces que muta de los azules a los ocres vibrantes convierte ese momento del día en algo casi religioso.

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Ruta Provincial 28: la comunidad Pilagá de Campo del Cielo

En las inmediaciones de la Ruta Provincial 28, en El Vertedero, se escuchan distintas lenguas ancestrales, entre ellas el pilagá. En la zona conviven varias comunidades originarias —también wichis y qom— que con sus tradiciones convierten el lugar en un destino étnico y multicultural.

En Campo del Cielo, una comunidad a unos 30 km de Las Lomitas, se destaca la figura del cacique Delfín García, máxima autoridad, quien junto a su esposa Natividad y su familia habita la comunidad desde hace muchos años. Son los guardianes del pueblo y de sus tradiciones.

Cuentan con escuela primaria, secundaria y terciaria, donde se enseña en lengua materna pilagá además de español, y con un centro de salud. Las casas son en su mayoría de adobe, con patios grandes. A pasos de la ruta, los más jóvenes arman equipos para un picadito en el potrero vecino. No hay monopatines ni pantallas: el monte se impone por sobre la fibra óptica, rodeado de espinillos y algarrobos.

Dos nenas de no más de 10 años juegan con collares hechos con fideos, armados por sus propias manos. No hay muñecas rubias tipo Barbie; en su lugar, risas cómplices y contagiosas. Más allá, cuatro chicos de entre 5 y 8 años se disputan una carrera empujando con una botella plástica la llanta torcida de lo que alguna vez fue una bicicleta. Nos encontramos a mitad de camino, nos presentamos. Me cuentan que estudian, que les gusta el cole, que juegan todo el tiempo que pueden, bajo la mirada atenta de su mamá, apostada en la puerta de la choza.

Me senté con ellos en el asfalto caliente, las piernas cruzadas, la tierra tibia pegándose a las mejillas con la brisa de la tarde. No podíamos parar de hablar, con esa avidez de contar todo al mismo tiempo: «¡Carlitos, decile a qué grado vas!», «¿Vos, de qué cuadro sos?», «¿Y de dónde sos?», «¿Dónde dormís?». Las preguntas se sucedían en milésimas de segundo, mezcladas, todos contra todos. El bochinche más divertido que recuerdo. Fue difícil despedirse.

Más tarde, invitados por nuestro guía Carlos B. a conocer a su hermano de crianza, entramos a la casa de Vicente Domínguez y su esposa Hilda. Un gran patio de tierra con techo de lona para morigerar el sol de la siesta nos recibió para una charla amena. Tienen 9 hijos, algunos lejos siguiendo sus sueños, otros todavía bajo el mismo techo. Nos sentamos en un banco de algarrobo, alrededor de una mesa grande.

Vicente, en la cabecera, tiene una mirada bondadosa y habla pausado. Hilda no habla, pero observa: sus ojos color almendra se posan fijos en los visitantes, se sienta cerca de su esposo y asiente con la cabeza ante cada afirmación de él. Su piel curtida por el clima le suma años que no ha comprado. La espera y el silencio son características de las comunidades pilagá.

Antes de partir, Hilda nos mostró sus trabajos de cestería con hojas de carandillo, que crece de forma natural en el monte formoseño. Al despedirnos, me tomó de las manos, las envolvió en las suyas con fuerza y me dio su bendición. A veces no hacen falta las palabras para conectar los corazones.

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Me sentí una más, una infanta feliz de risotadas fáciles y conversaciones atropelladas y superpuestas. Nos sentamos en la ruta, sobre el asfalto caliente, las piernas cruzadas. La tierra tibia que levantaba la brisa de la tarde se pegaba a las mejillas. No podíamos parar de hablar, con esa avidez de querer contar todo al mismo tiempo:
–¡Carlitos, decile a qué grado vas!
–¿Vos, de qué cuadro sos?
–¿Y de dónde sos?
–¿Dónde dormís?

El Fortín La Soledad

El Fortín La Soledad es un pueblo chico de calles de tierra, a unos 70 km de Las Lomitas. Es la puerta de ingreso para navegar el Bañado La Estrella.

Para ver el amanecer, salimos de Las Lomitas cerca de las 5:30 de la mañana, en la 4×4 de Carlos B. Después de dejar la ruta asfaltada, tomamos un camino de ripio duro. La tierra seca se diseminaba a los costados y dejaba una estela gris detrás nuestro. De tanto en tanto pasábamos frente a alguna casita de adobe, iluminada con una bombilla cálida.

Unos 45 minutos más tarde llegamos al Fortín La Soledad. El pueblo entero dormía, todos menos Ismael, que esperaba con su boina negra y su bichero —la caña larga que se usa para impulsar el bote en aguas poco profundas—. Nos sentimos, de entrada, como si nos conociéramos de toda la vida.

Nos instalamos en la embarcación angosta y nos deslizamos en las aguas oscuras. La negrura era total, todo era silencio. Las cámaras y los celulares, de nada servían: quedaron inutilizados por un buen rato, mientras los sentidos se potenciaban.

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Poco a poco, el canto de las aves y la presencia de animales anunciaron que se acercaba el amanecer. En el horizonte, incontables palmeras «carandaí» o «carandá morotí» —que en lengua toba significa «palmera que crece junto al agua»— se replicaban invertidas en un espejo natural. La superposición de parloteos aviarios sonaba a estadio de fútbol, solo que acá el partido era la propia subsistencia de cada especie.

La mirada atenta del tero se mezclaba con el clamor del chajá. Un grupo de vacas cruzó silencioso. Las lentejitas de agua —una planta acuática verde por fuera y rojiza por dentro— tapizaban el bañado como una alfombra. Debajo, sábalos y bogas escurridizas se escabullían. Un yacaré chico, todavía con cara de sueño, nos miró pasar sin moverse. Osos hormigueros, carpinchos y serpientes seguían escondidos en la espesura: los verdaderos dueños del lugar.

Ismael conoce cada rincón del Bañado como la palma de su mano. Ofrece paseos por acá y, cuando el caudal lo permite, hasta El Escondido, más adentro. Nos contó que su esposa iba a cocinar pescado, que sus tres hijos —de 14, 9 y 2 años— lo esperaban para el almuerzo. Su voz es suave y pausada, y los ojos le brillan cuando habla de su familia y de su bañado.

—Antes, cuando no usábamos el bote, íbamos caminando nomás, o a caballo —nos dijo, maniobrando la caña clavada en el fango. Y agregó, como pensando en voz alta—: Acá se intenta transmitir un poco de esa sensación de contemplar la inmensidad.

Su mamá vive a metros y alquila una habitación para quienes quieran pasar la noche ahí.

Como escribió Pablo Córdoba, fotógrafo formoseño, en su libro Paisajes de mi Tierra: en el Fortín La Soledad no hay hoteles de 5 estrellas. Los hay de miles de estrellas.

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Ismael conoce cada rincón y cada secreto mejor guardado del lugar como la palma de su mano. Ofrece paseos por el Bañado y más allá por El Escondido cuando el caudal del agua permite adentrarse en sus entrañas. Nos cuenta que su esposa cocinará pescado. Sus 3 niños de 14, 9 y 2 años lo esperan con ansias para el almuerzo. Su voz es suave, pausada y los ojos le brillan cuando habla de su familia y su amado Bañado.

-Antes, cuando no usábamos el bote, íbamos caminando nomás o a caballo-, nos dice, mientras maniobra la caña clavada en el fango.
-Aquí se intenta transmitir un poco de esa maravillosa sensación, de contemplar la inmensidad-, agrega como si fuera una auto reflexión.

Su mamá vive a escasos metros y alquila una habitación para quienes quieren pernoctar en el lugar.

Como dice Pablo Córdoba, un reconocido fotógrafo formoseño, en su libro “Paisajes de mi Tierra”, en el Fortín La Soledad no hay hoteles de 5 estrellas, los hay de miles de estrellas.

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