El cerro que pinta el cielo de catorce colores

A 4.350 metros de altura, la Serranía del Hornocal rompe con todo lo que creías saber sobre el color de la tierra.

Hay lugares que te dejan sin palabras. No porque sean bonitos —bonito es un adjetivo demasiado pequeño— sino porque simplemente no encontrás el lenguaje para describir lo que estás viendo. La Serranía del Hornocal es uno de esos lugares. Estás parado en el mirador, a más de cuatro mil metros de altura, con el viento de la Puna golpeándote la cara, y lo único que podés hacer es quedarte quieto y mirar.

La montaña frente a vos es un accidente geológico que parece salido de un sueño: capas y capas de roca que van del rojo carmesí al violeta, del ocre al verde oliva, del gris acero al rosa pálido. Son los famosos «14 colores», aunque si te ponés a contar de verdad podés encontrar muchos más. Cada franja cuenta millones de años de historia —sedimentos marinos, minerales, presiones tectónicas— pero en el momento en que lo tenés adelante, toda esa explicación geológica se vuelve irrelevante. Lo que sentís es algo más parecido al asombro puro.

Fotografías de Gustavo Arias

El camino hasta el mirador ya es una aventura en sí misma. Salís de Humahuaca —el pueblo más cercano, a unos 25 kilómetros— por una huella que trepa sin parar entre pastizales amarillos, ichu y silencio. La altura se siente: el aire escasea, el sol pega distinto, y los colores del paisaje se van volviendo cada vez más intensos a medida que subís.

Lo más impresionante es que el cerro cambia con la luz. A la mañana temprano, con el sol rasante, los rojos se incendian. Al mediodía, aparecen matices que antes no existían. Al atardecer, todo se vuelve más suave, más íntimo. Cada hora que pasás ahí es una foto diferente, una historia diferente.

Pararse ahí, de espaldas a la cámara, mirando ese despliegue de colores, es una imagen que resume lo que significa viajar: no ir a ver, sino dejarse ver por los lugares. La Serranía del Hornocal te observa desde antes que llegues y te sigue mirando mucho después que te vayas.

La fauna también hace su aparición. A pocos metros del camino, una tropilla de vicuñas pasta tranquila, ajena por completo al vértigo de los turistas. Son animales de una elegancia extraña, con esa forma de moverse que parece cámara lenta. Te recuerdan que este territorio les pertenece a ellas, y que nosotros somos los visitantes.

Los colgaritos de la roca, vistos desde cerca, revelan una textura casi abstracta: pliegues, fracturas, venas de mineral que suben en diagonal, capas que se doblan y se quiebran. Es difícil creer que esto no fue pintado. La naturaleza, acá, trabaja con una precisión que parece intencional.

La Serranía del Hornocal está a 25 kilómetros de Humahuaca por camino de ripio. Se puede hacer en vehículo propio o con remís desde el pueblo. El ingreso tiene un costo y conviene llegar antes del mediodía para aprovechar la mejor luz. Llevá abrigo, agua y tiempo: este no es un lugar para pasar de largo.

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